UN DÍA SIN PERIODISTAS

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El presidente de la República ha elegido como villana favorita a la prensa crítica.

Desde la campaña, colgó el mote de “fifís” a los medios de comunicación y periodistas que se han atrevido a cuestionar su estilo autoritario y las constantes contradicciones en las que incurre.

Nunca había dicho a qué se refería cuando acusaba a alguien de ser “fifí” hasta que en una de las más recientes “mañaneras” dedicó varios minutos a dar su propia definición.

“El término”, dijo, “existe, yo no lo inventé. Se usó para caracterizar a quienes se opusieron al presidente Madero; fueron quienes quemaron la casa de los Madero, quienes hicieron una celebración en las calles cuando asesinaron atrozmente a Gustavo Madero”.

Y le siguió: “Los fifís son fantoches, conservadores, sabelotodo, hipócritas, doble cara”.

Es decir, para el presidente de México, la prensa crítica -que no está con él-, es sinónimo de traición y crimen. Y sus integrantes, léase reporteros, articulistas o columnistas son gente sin calidad moral, émulos de asaltantes y delincuentes.

Después de  haber  explicado  con todo detalle la traducción del término “fifí” quedó claro algo: que el jefe del Estado mexicano siente repulsión por la libertad de prensa y los periodistas.

Y si esto es así, por qué  tolera todas las mañanas  pasar cuando menos hora y media en su compañía. Claro, dirá que se trata de un mal necesario. Pero, ¿y los representantes de los medios? ¿Por qué aceptamos pasivamente que nos compare con homicidas y maleantes?

Si la prensa es tan deleznable hagamos algo parecido a lo que propone el director Sergio Arau en su película “Un día sin mexicanos”. Que ningún reportero  se presente a cubrir la conferencia de prensa en Palacio Nacional.

Con bastante frecuencia -en esta reiteración de frases, palabras e ideas,- el jefe del Ejecutivo federal acostumbra decir que no se va a quedar callado porque tiene, como cualquier ciudadano, derecho de réplica.

Sí tiene derecho de réplica, pero no como un ciudadano más. Él no es, por más que lo diga, un hombre común y corriente. Él es el presidente de México y tiene la obligación constitucional de comportarse de acuerdo a las obligaciones y facultades que le marca la ley.

Y la Constitución lo obliga a ser un factor de armonía y unidad nacional. No se trata de “quedarse callado” sino de utilizar la palabra para construir paz y legalidad.

No para ofender y menos para difamar.

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