El desafío del papa Francisco y el futuro de la Iglesia Católica

AFP PHOTO / Alberto PIZZOLI
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La Iglesia Católica Romana está viviendo nuevamente un grave terremoto en su seno. Los escándalos por acusaciones de pederastia cometidos por parte de sacerdotes (incluyendo cardenales y otros prelados de alto nivel), se han ido multiplicando en los últimos años en un cada vez mayor número de países.

Tanto en México como en Irlanda, Chile y Estados Unidos por mencionar solamente los casos más indignantes y numerosos, se han hecho públicos cientos de expedientes por abusos de este tipo cometidos a lo largo de décadas y abierto investigaciones y procedimientos judiciales contra los responsables. Lo más vergonzoso ha sido también, la evidencia del silencio de muchos obispos y arzobispos que, teniendo pleno conocimiento del problema, no solo no hicieron nada por evitarlo sino que funcionaron como tapaderas y frecuentemente como cómplices de los responsables.

Durante muchos años las acusaciones fueron negadas oficialmente y las pruebas desdeñadas. Hoy, gracias a las investigaciones de un gran número de periodistas, a la valentía de muchas de las víctimas y a las redes sociales se ha demostrado que prácticamente todo era verdad y se ha destapado una cloaca de la que surge cada vez más podredumbre.

A estas, se ha sumado la carta escrita por el monseñor Carlos María Viganó, un exnuncio ultraconservador y alto funcionario de la curia, quien acusa  en ella al mismísimo papa Francisco de encubrimiento y exige su renuncia.

Para mayor vergüenza, varios personajes de la Iglesia, obispos, sacerdotes y algunos laicos, han pretendido salir al quite a dar explicaciones y lo único que han logrado es salpicar más lodo y hundirse más en el fango.

Si bien la mayoría reconoce la gravedad del problema, cada vez con mayor frecuencia escuchamos declaraciones o nos topamos con videos en las redes sociales que únicamente generan mayor confusión y desconfianza. No ha faltado quien ha dicho por ejemplo, que el aborto es un pecado más grave que la pederastia, como si una cosa tuviera que ver con la otra, o estuviésemos ante un concurso para ver quién actúa con mayor vileza.

Otros han insinuado que las víctimas pudieron haber provocado a los victimarios quienes no tuvieron mayor opción que caer en los brazos seductores de niños y adolescentes. No han faltado tampoco los que han declarado que en el fondo subyace una campaña oculta para desprestigiar a la institución del catolicismo, pues la gente no se fija en que también hay buenos sacerdotes. Ello equivale a pretender taparnos los ojos ante los problemas de inseguridad social, solo por el hecho de que una mayoría de ciudadanos no robamos ni matamos.

El papa Francisco como cabeza de la Iglesia ha dado la cara al mundo y en cada uno de sus viajes pastorales ha reconocido la gravedad del problema y ha pedido perdón a las víctimas. Su rectitud de intención es clara, sin embargo no es suficiente. Al pontífice se le reclama falta de contundencia en acciones, que no solamente eviten que el problema se repita, sino que los culpables sean llevados ante la justicia tanto civil como eclesial.

Desde la época medieval hasta la actualidad muchos han sido los papas que han pedido disculpas por los errores y pecados de miembros de la Iglesia a lo largo de la historia. Los abusos cometidos por la “Santa Inquisición”, la persecución de los judíos, las conversiones forzosas, la tolerancia ante la esclavitud y las excomuniones ante juicios científicos que fueron posteriormente comprobados como en el proceso contra Galileo, son algunos ejemplos de ello, pero las disculpas son inútiles cuando los daños han sido irreversibles.

¿Qué podría entonces hacer el pontífice argentino? Más allá de pedir perdón, lo cual sin duda es válido pero sirve de muy poco, impulsar acciones para identificar e investigar a los responsables, tantos directos como a los encubridores y cómplices, llevarlos ante la justicia y exigir que sean castigados. Promover reformas legales en los órdenes civil y canónico que eviten que este tipo de delitos prescriban y crear desde la curia una Fiscalía especializada en la investigación de estos crímenes dotándola de dientes y poder persecutorio. Que en cada país en el que la Iglesia Católica Romana tenga representantes existan investigadores delegados de dicha Fiscalía y que solo rindan cuentas a la Santa Sede.

Por otro lado y en el mediano plazo, revisar el tema del celibato sacerdotal obligatorio, sería también un gran paso. Muchos buenos sacerdotes ejercen su ministerio siendo fieles a su vocación pero en medio de una gran soledad. El celibato no es una cuestión de dogma y si bien es un tema polémico, el papa haría bien en estudiar el tema a fondo y procurar permitir que hombres casados puedan ordenarse como sacerdotes tal y como sucede ya en la Iglesia Católica de rito Oriental.

Otra buena medida sería la de imponer un voto de silencio a los obispos, curas y laicos que hablan con frecuencia sin sentido y generan más daño que el que intentan reparar. Nombrar por el contrario a voceros autorizados que actúen con prudencia y buen juicio y que respondan únicamente a la autoridad papal.

Cientos de miles de católicos han abandonado su fe en las últimas décadas, muchos se han refugiado en otras confesiones cristianas y en muchos casos también en sectas de dudosa procedencia. Las vocaciones religiosas son también cada vez más escasas. Frenar esta fuga de adeptos debiera ser una prioridad, pero esto no se logrará sin una profunda reforma y si no se toman medidas contundentes lo más pronto posible.

Hay muchas personas que piensan que la mayor prueba de la naturaleza sobrenatural y de la inspiración divina de la Iglesia Católica es que, a pesar de tantos errores humanos esta siga subsistiendo después de más de dos mil años. A ellos hay que recordarles que, de acuerdo a su propia doctrina, la misericordia de Dios no se contrapone a su justicia.

Aquí nos vemos, yo voy derecho…

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