El derecho a la playa de los cubanos, afectado por el turismo y el transporte

Playa de Guanabo. Foto: YAMIL LAGE / AFP
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Una carpa improvisada con maderos para protegerse del sol, comida y bebida: con el calor del verano, los cubanos se vuelcan a las playas, cuyo acceso para todos es un derecho constitucional, pero limitado por la falta de transporte y la creciente presión del turismo extranjero.

“Por esta zona no vienen muchos turistas”, admite Rey González, de 43 años, en Guanabo, una de las playas del este de La Habana a la que llegó con su familia.

La arena es menos blanca y el agua menos cristalina que en las paradisíacas playas turísticas del país, como la famosa Varadero, seleccionada este año como “la segunda más bella del mundo” por el portal estadounidense TripAdvisor, después de Baia do Sancho, Brasil.

Pero lo importante es disfrutar.

“Para mí todas las playas son iguales: arena, mar… no ves la diferencia cuando te bañas”, añade González.

Un poco más lejos, Lázaro Palomino (34), piensa como él: “Nos gusta la playa, esté limpia, esté sucia”.

Sobre la arena de Guanabo abunda la basura y las latas vacías de cerveza se cuentan por decenas.

¿Ir a Varadero? “A todos los cubanos nos gustaría. Fui una vez y (…) viré (volví) estresado (impresionado)” por la infraestructura y el paisaje, agrega.

En una isla donde todo se vincula a la política, la playa no es la excepción: “En Cuba existen solamente las playas de cubanos, que son patrimonio de la nación”, dice el experto en Turismo José Luis Perelló.

Y cita el artículo 23 de la Constitución, según el cual las 271 playas del país son “propiedad socialista de todo el pueblo”.

Es así a partir del triunfo de la revolución de Fidel Castro, en 1959.

Antes abundaban los clubes privados, con playas reservadas para socios preferiblemente blancos.

Incluso el dictador Fulgencio Batista (1940-1944 y 1955-1959) nunca logró obtener un carné de asociado por ser mulato.

Aunque la revolución estableció el acceso universal, las playas fueron vistas alguna vez como una amenaza, debido al “éxodo ilegal o la infiltración en el país de pequeños grupos con determinados intereses”, recuerda Perelló, refiriéndose a la invasión de Bahía de Cochinos en 1961, organizada por Estados Unidos.

En una época, disidentes como el escritor Reinaldo Arenas (1943-1990) denunciaron que se les prohibió acudir a playas reservadas para trabajadores sindicalizados, círculo al que él no pertenecía.

En tanto, por largos años los cubanos no pudieron hospedarse en hoteles, donde solo iban extranjeros.

Incluso hoy no pueden comprar paquetes de cruceros ni subir a bordo de barcos de recreo.

Declarado por el gobierno como prioridad para captar divisas, el turismo extranjero también les quita espacio. En 2018, Cuba recibió 4.75 millones de visitantes y reportó ingresos de 3.3 millones de dólares.

“Indiscutiblemente, los hoteles son un negocio y todo negocio trata de presionar”, explica Perelló, pero advierte que esto no ocurre solo en Cuba.

“El Caribe es símbolo de esa presión de las llamadas playas privadas”, destaca.

Algunos establecimientos basan su publicidad en este argumento, como un hotel de Varadero que se vanagloria en su sitio web de ofrecer “una playa privada para el uso exclusivo de los huéspedes, con un kilómetro de largo”.

Regularmente, los cubanos se quejan en internet por haber sido expulsados de la playa de un hotel por sus custodios.

Incluso llegar a las principales playas de la isla se torna difícil para la mayoría de los cubanos, que no tiene automóviles ni dinero para comprar los paquetes que venden las agencias de turismo.

“Los cubanos tenemos acceso realmente a todas las playas, no es algo privado”, considera Laura Yanis (21), desde la pequeña playa de Bacuranao, 30 kilómetros al este de La Habana.

“Es importante en Cuba que todo el mundo tenga acceso a todo (…), porque somos el pueblo y somos los que hacemos acomodar (avanzar) el país”, argumenta.

Sin embargo, solo ha podido visitar Varadero “una vez”: “Muy bonito, el mar es un plato, las aguas son muy azules y la arena súper rica… pero me queda bastante lejos y no tengo transporte”, detalla.

Caridad Vidangel (48) tomó un bus y luego un coche tirado por caballos para llegar a Bacuranao, la playa que tiene “más cerca”.

“Si tuviéramos la oportunidad, fuéramos a otra playa”, dice esta mujer que “nunca” ha estado en Varadero: “Me gustaría ir, pero no podemos”.

(AFP)

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