De racismo y xenofobia

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En México, el racismo y la xenofobia han sido constantes históricas desde hace siglos. Incluso antes de la conquista española, los aztecas consideraban inferiores a aquellos pueblos que eran sus vasallos. Era común que los esclavizaran y que tomaran a los jóvenes y mujeres de sus enemigos para sacrificarlos en las ofrendas a sus dioses e incluso para comer su carne, según sabemos de la crónicas de aquellos tiempos.

Sus adversarios indígenas no eran diferentes y tenían prácticas similares e igualmente inhumanas. Durante el periodo de la conquista y posteriormente en la época colonial, los españoles impusieron prácticas discriminatorias a través del sistema de castas y entre ellos mismos distinguieron derechos y beneficios mayores para los peninsulares que para los criollos. De ahí para abajo, los diversos grupos raciales resultantes del mestizaje tenían, según fuera su origen, menores derechos y consideración social.

Los puestos en los organismos de gobierno estaban desde luego reservados solo para aquellos de origen ibérico. De ahí que el mestizaje surgió como un vehículo que favoreció el racismo, pues en vez de la segregación racial como la que ocurrió en Sudáfrica y en la Alemania nazi, en México la mezcla étnica fue vista como una forma de escalar o de descender desde el punto de vista social.

Tras la guerra de Independencia, el odio de diversos grupos sociales se volcó en principio contra los españoles que eran vistos como los opresores de varios siglos, aunque la conformación de la sociedad había cambiado mucho tras trescientos años desde el surgimiento de la Nueva España. Sin embargo, ese odio hacia los hispanos fue más bien transitorio, pues aunque surgieron diversas corrientes de pensamiento político claramente opuestas a ellos, quienes descendían de españoles fueron casi siempre considerados como miembros de la élite social de manera que el clasismo creció de la mano del racismo.

La evolución social de México, las enormes diferencias económicas y la absurda desproporción en la  distribución de la riqueza han ahondado los resentimientos y las divisiones. En el México de hoy al igual que desde hace 500 años ser “güerito”, de piel blanca o de ojos claros pareciera ser que sigue siendo una suerte de pasaporte a la prosperidad, aunque con frecuencia se trate de una enorme falacia.

El racismo existe y es importante que lo expliquemos y evidenciemos. No solo porque cruza la cotidianidad y moldea las sensibilidades y las relaciones sociales, políticas y económicas de todos los sectores de la población, sino sobre todo porque el racismo es un criterio que establece los parámetros de inclusión y exclusión, de privilegio y opresión, es la ‘distribución social de la muerte’; como una gráfica actuarial, predice quién va a florecer y quién no”, señala Mónica Figueroa investigadora de la Universidad de Cambridge.

La xenofobia a su vez la constituyen las actitudes, prejuicios y conductas que rechazan, excluyen o denigran a las personas extranjeras o a las que tienen facha de serlo. El clasismo y el racismo son formas conexas de intolerancia que acentúan la xenofobia y la favorecen. La xenofobia en México se ha dirigido mayormente a quienes nos han pretendido dañar o abusar de nosotros, en ese espejo se reflejan especialmente las actitudes de aquellos estadounidenses que maltratan a nuestros paisanos cuando cruzan al otro lado, es entonces cuando se convierten en los “pinches gringos”, por lo demás  nos avenimos muy bien a su presencia como turistas o inversionistas en nuestro territorio.

El tema viene a cuento ante la noticia que ha acaparado a los medios en las últimas semanas, relativa a la caravana de migrantes provenientes de Honduras, que han venido marchando con rumbo al norte pretendiendo cruzar hacia los Estados Unidos, desde donde las voces de repudio no han tardado en hacerse escuchar junto con las ya clásicas amenazas tuiteras del presidente Trump.

Pero mucho antes de siquiera cruzar la frontera entre Guatemala y nuestro país, también se han escuchado opiniones de quienes pretenderían que México siguiera fielmente las instrucciones del mandatario norteamericano y frenara a los miles de hondureños que en su mayoría vienen huyendo del hambre y de la violencia en su tierra.

“¿Qué vamos a hacer con ellos?”, se preguntan algunos. “Aquí también hay mucha pobreza e inseguridad”, espetan otros.

Es cierto, México no es ningún paraíso y no la tenemos fácil, pero nuestro pueblo siempre se ha mostrado generoso y tiene una añeja tradición de hospitalidad ante quienes llegan aquí no por gusto sino por necesidad o emergencia. Así fue el caso de los “niños republicanos” que se vieron forzados a dejar España durante la Guerra Civil en la primera mitad del siglo XX. Lo mismo ocurrió con cientos de argentinos y chilenos que durante los años setenta salieron huyendo de las persecuciones de la dictaduras militares. México recibió también a muchos otros migrantes de países como Líbano y a muchos judíos europeos durante la Segunda Guerra Mundial. Existen importantes comunidades de familias de origen alemán y japonés, por mencionar solo un par de ellas, cuyos padres o abuelos eligieron a México como segunda patria.

El caso actual pareciera diferente, aunque en el fondo se trata de lo mismo. La caravana hondureña está compuesta principalmente por gente sencilla, agricultores y trabajadores manuales junto a sus familias. Personas sin alto grado de estudios, pero igualmente necesitadas de refugio y apoyo.

Sería deseable que México no rompiera esa tradición que nos ha distinguido y honrado y que, a su paso por nuestro país, los migrantes hondureños sean tratados con decoro y respeto a su dignidad y derechos humanos. Que si desean quedarse en México puedan hacerlo y se les proteja del abuso de los coyotes y de los tratantes y traficantes de personas y en lo posible se les ofrezcan trabajo y posibilidades de vivienda. Si eso hemos pedido siempre para los nuestros en Estados Unidos, es lo menos que debemos garantizarles, dejando atrás cualquier postura racista o xenofóbica.

Solo tenemos un planeta para todos y si bien es cierto que lo ideal es respetar las políticas y leyes migratorias como un principio de orden y civilidad, no lo es menos que la excepción confirma la regla y que como decían las abuelas, donde comen tres bien pueden comer cinco o seis, es solo cuestión de echarle agua a los frijoles y de una buena dosis de empatía y generosidad.

Aquí nos vemos, yo voy derecho…

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