A cuarenta días del día D

Fotos: cuartoscuro.com
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Tras el segundo debate presidencial del pasado domingo, algunos sondeos, análisis y encuestas manifiestan que entre el 6 y el 8 por ciento de quienes lo vieron cambiaron su intención de voto y de acuerdo con una encuesta de “De las Heras Demotecnia”, López Obrador sería el que más habría ganado tras el ejercicio.

Más allá de que el 27 por ciento de los encuestados respondió que había sido el tabasqueño de Morena, a la pregunta de “¿Quién ganó más con el debate?”, el simple hecho de que las intenciones de voto se hayan modificado en una proporción tan diminuta, nos demuestra que la tendencia del puntero continúa y probablemente la intención de voto a su favor llegue a los 50 puntos.

En esa misma encuesta, el 19 por ciento de los encuestados consideró que Ricardo Anaya había sido el vencedor; el 9 por ciento que José Antonio Meade; y 6 por ciento se manifestó a favor de Jaime “el chusco” Rodríguez.

Sin duda, los debates además de ser excelentes ejercicios de contraste en los sistemas democráticos, son una herramienta muy práctica para que los electores puedan ir descartando candidatos derivado de posicionamientos, errores, demagogias o mentiras.

Asimismo, también es una forma para que los propios candidatos midan sus propias fortalezas y debilidades y esto les permita tomar la decisión de bajarse de la contienda, como fue el caso de Margarita Zavala, o incluso de declinar por alguno de los otros candidatos.

El diagnóstico inicial de todos los candidatos fue el acertado, esta elección sería una elección de dos, López Obrador enfrentando a alguno de los demás, era más que obvio que las probabilidades apuntaban a una batalla contra Ricardo Anaya o contra José Antonio Meade.

A lo largo de la campaña, el candidato del PRI no solo no despegó, sino que el peso de la loza en su espalda de la marca tricolor se convirtió en un lastre imposible de remolcar, el partido en el poder, aunque no lo pueda aceptar de manera abierta, se encuentra inmerso en la peor campaña de la historia y muy probablemente obtendrán los peores números de votos que jamás hayan tenido.

En estricto sentido, ni siquiera el “mapacheo”, perdón, la operación electoral del día D, será suficiente para alzarse con el triunfo; sus esperanzas son nulas, si Meade no fuera el candidato oficial debería de retirarse, pero eso no lo verán nuestros ojos.

Sin embargo, ya es tiempo de que el presidente Peña Nieto acepte mentalmente su derrota y en lo oscurito por debajo de la mesa, tal como siempre lo ha hecho, le tome la mano y pacte su salida con quien le tenga la mejor oferta, no nos hagamos tontos así se manejan y así sucederá.

El PRI de Peña Nieto aún puede ganar perdiendo, su apoyo de facto le puede asegurar el triunfo a López Obrador aunque aparentemente no lo necesite; de la misma forma, si se lo diera a Ricardo Anaya lo pondría abajo pero con posibilidades de un “real empate técnico” con el tabasqueño.

Increíblemente el tablero político ha cambiado y no por el desempeño de alguno de los candidatos en el segundo debate, tristemente todos nos quedaron a deber por lo que probablemente el catalizador del siguiente movimiento sea actuar primero para bloquear al oponente y que este ya no tenga acceso al mismo trato.

¿Será que la última jugada por el poder de parte de Ricardo Anaya sea más fuerte que su “intención” de romper el pacto de impunidad?

¿Será que la amnistía planteada, aún no clarificada, por López Obrador incluye a los delincuentes del más alto cuello blanco?

Durante los próximos 40 días los más mínimos detalles tienen un motivo y deben ser observados, esos detalles sin desperdicio nos dirán a quién le soba la pierna el presidente. 

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