Ciudad sin agua

- Publicidad -

La Ciudad de México, sin contar el área conurbada que colinda con los estados de México y Morelos, tiene una superficie de 1 mil 485 kilómetros cuadrados. Para darnos una idea de lo que eso representa, hay que tener claro que un kilómetro cuadrado equivale a un millón de metros cuadrados.

A lo largo del año, pero principalmente entre los meses de junio a octubre, que es el tiempo que identificamos como temporada de lluvias en la capital, vivimos precipitaciones pluviales prácticamente diario. En promedio, unos veintidós días al mes.

Según cifras del INEGI, en la capital del país caen al año entre 600 y 1 mil 200 mm. de agua. Cada milímetro de agua representa un litro por metro cuadrado. Esto significa que por cada metro cuadrado de superficie de la ciudad se podría llenar un tinaco de tamaño mediano si el agua de lluvia se pudiera aprovechar totalmente. Esto es imposible y no ocurre en ninguna parte del mundo, pero sin duda el desperdicio es impresionante y algo podría hacerse.

La mayor parte del agua de lluvia se escurre a través de las cañerías o se evapora después de estancarse. La compleja estructura del subsuelo del Valle de México, la poca permeabilidad del pavimento que ocupa gran parte de la superficie de la ciudad, la sobreexplotación de pozos y la falta de previsión, han provocado que la recarga de los mantos acuíferos sea cada vez más difícil, lo que ha acelerado además el hundimiento de la capital que ha sido de más de ocho metros en los últimos cien años, según datos de la Comisión Nacional del Agua.

A raíz de esta sobreexplotación y de la ausencia de políticas públicas eficientes que permitan aprovechar mejor los recursos acuíferos y recuperar aunque sea en una mínima parte el agua proveniente de la lluvia, desde mediados del siglo XX comenzó a desarrollarse lo que hoy conocemos como el sistema Cutzamala, que provee de agua potable a la Ciudad de México, mediante un complicado y costoso sistema de bombeo que trae el vital líquido desde la cuenca del río Lerma desde una altura de 1 mil 700 metros sobre el nivel del mar a una de casi 2 mil 400 en el Valle de México. El Cutzamala es sin duda unos de los más sofisticados sistemas de provisión de agua en el mundo para una metrópoli del tamaño del hasta hace poco Distrito Federal.

Como sabemos, el sistema Cutzamala abastece de agua a la mayor parte de la Ciudad de México y varios municipios conurbados. Periódicamente requiere de mantenimiento mayor, aunque este por lo regular se realiza en la época de Semana Santa que es cuando disminuye la demanda de este indispensable recurso. En esta ocasión, sin embargo, el mantenimiento y la conexión de un nuevo ducto se realizarán los últimos días de octubre. La capital del país quedará sin abasto de agua durante cuando menos cinco días.

El Gobierno y los medios de comunicación han venido informando con anticipación sobre este procedimiento y sobre la escasez que estaremos padeciendo los capitalinos durante la primera semana de noviembre.

El hecho en sí debiera llamar nuevamente nuestra atención sobre la importancia del cuidado y del buen uso que como ciudadanos debemos hacer del agua, un recurso del cual ningún ser humano puede prescindir para su subsistencia. Concientizar a nuestras familias y en especial a nuestros hijos sobre la trascendencia del cuidado, ahorro y buen uso del agua forma parte del más elemental proceso educativo desde siempre, pero en especial en nuestro tiempo.

Lo que resulta desde luego inaceptable y digno de la condena más estricta es que las fugas de agua en la red de distribución pública no sean atendidas de manera prioritaria y que las autoridades responsables quieran justificar el hecho bajo el argumento de falta de presupuesto.

El periódico Reforma en su edición del 28 de octubre publicó, a ocho columnas, que actualmente existen fugas equivalentes a 22 mil litros por segundo, entre las que se dan en la red pública de distribución más las que ocurren en instalaciones intradomiciliarias. Ignoro si la cifra refleja la realidad o no, pero la noticia es preocupante.

El nuevo Gobierno de la ciudad deberá poner especial cuidado en el tema  y destinar mucho mayores recursos para evitar este dramático dispendio, aunque la reparación de las instalaciones hidráulicas no implique cortes de listón ni resulte muy vistosa. No hacerlo puede provocar en poco tiempo un colapso para quienes habitamos en la metrópoli,  aunque desde luego no todo es responsabilidad del Gobierno.

Está en nosotros en buena medida, como ciudadanos, evitar que el día de mañana, en un futuro no muy lejano, estemos habitando en un virtual desierto urbano. Una ciudad sin agua.

Aquí nos vemos, yo voy derecho…

Comentarios