Celebrar a México

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“Nuestra actitud vital también es historia. Quiero decir, los hechos históricos no son el mero resultado de otros hechos, sino de una voluntad singular, capaz de regir dentro de ciertos límites su fatalidad”.- Octavio Paz, El laberinto de la soledad.

Muy probablemente nadie como Octavio Paz se haya logrado acercar tanto, de una forma clara y asequible, al estudio de la esencia de lo mexicano. En su célebre Laberinto de la Soledad, el premio Nobel desgrana de forma minuciosa y precisa los distintos aspectos de la historia de nuestra patria y de la personalidad, idiosincrasia y cultura que emergieron de ese trayecto en el tiempo. Desde el estudio de la época prehispánica, concluyendo con sus propias postdatas a la obra, en los años inmediatos que siguieron al movimiento estudiantil de 1968.

A Paz, quien falleciera en 1998, ya no le tocó vivir la primera transición democrática que sacó al PRI de Los Pinos por primera vez en 70 años. Menos aún ver el fracaso de los gobiernos panistas que provocaron el fatídico regreso del tricolor que, preso de su soberbia e incapacidad de transformarse volvió a desbarrancarse para dar surgimiento a lo que se pretende sea una nueva época, quizás tan importante como las que él analizó en su tiempo, en la obra citada.

Muy probablemente Paz nos hubiera obsequiado un sesudo y objetivo análisis del México de los últimos veinte años que, cuando menos, ha logrado consolidar un sistema democrático lo suficientemente capaz de llevar al gobierno a quien la mayoría de ciudadanos libremente ha elegido. Más allá de colores, plataformas políticas e ideologías, pero que, en paralelo, ha alcanzado cotas de inseguridad, de violencia e impunidad mayores a las de naciones que han enfrentado sangrientas guerras civiles en décadas recientes.

Los mexicanos celebramos todo, hasta la muerte como bien sabemos y desglosa Paz. Somos festivos por naturaleza. Hay una catarsis en el inconsciente popular y colectivo que nos orilla a hacer a un lado la tragedia de nuestra realidad cotidiana. Aunque las víctimas del crimen y de la incapacidad de las autoridades se cuenten por decenas de miles cada año y el número de desaparecidos sea sencillamente incalculable, ello no es óbice para que llegado el ritual septembrino de las fiestas patrias dejemos de lado resabios y angustias y nos volquemos en verbenas y festividades. Nos hartemos de pozole y garnachas y los más snobs de chiles en nogada. La música vernácula vuelve momentáneamente por sus fueros y aunque del estilo ranchero se haya trastocado el buen gusto mudándose hacia la ruidosa banda, el pretexto es festejar como una vía de fuga de una realidad ausente de valores.

Al igual que durante el reciente verano apoyamos a nuestra selección de futbol durante el mundial de Rusia (y  volveremos a hacerlo dentro de cuatro años), a sabiendas de que lo más probable era que nos lleváramos una decepción más, cada septiembre nos engañamos masivamente subiéndonos a la ola de una celebración de lo que no es.

Si bien es innegable que a lo largo de los siglos hemos sido capaces de desarrollar una cultura e identidad propias, estas no son necesariamente dignas de presunción, más allá de la riqueza de nuestra gastronomía, de la originalidad de nuestra música y de muy contadas excepciones. Seguimos siendo uno de los principales exportadores de talento humano en la persona de los millones de emigrantes a quienes no hemos sido capaces de retener brindándoles una patria justa y generosa.

Presumimos de nuestras riquezas y bellezas naturales, de nuestros inmensos y hermosos bosques, selvas y litorales, como si el tenerlos fuera mérito nuestro, pero nos hemos ocupado de destruirlos y contaminarlos.

Gritamos “¡Viva México, hijos de la chingada!”, aunque el grito se refleje en el espejo de nuestra fatídica realidad, pretendiendo ocultar la filiación que abrupta y subconscientemente nos identifica con la misma madre.

Hay que volver a leer a Paz para intentar entendernos. Para poder dilucidar si realmente somos un pueblo condenado a la mediocridad o si hay una esencia rescatable, que el día de mañana sea capaz de cambiar y de construir un auténtico bien común ajeno a la corrupción y a la vileza. Hay sin duda buena materia prima y millones de mexicanos capaces de dar su mejor esfuerzo por un cambio positivo, pero el trigo y la cizaña crecen juntos y si esta última no se controla acaba terminando con la primera.

Releamos a Paz y hagamos un compromiso personal para que nuestros hijos y nietos sean capaces de gritar realmente con orgullo por los valores de nuestra tierra y nuestra gente. Para que México, realmente viva.

Aquí nos vemos, yo voy derecho…

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JOSE EUGENIO CASTAÑEDA ESCOBEDO LICENCIADO EN DERECHO POR LA UNIVERSIDAD PANAMERICANA DE LA CDMX PROFESOR DE DERECHO CIVIL Y MERCANTIL DESDE HACE 25 AÑOS. NOTARIO PUBLICO 211 DEL DISTRITO FEDERAL DESDE 1994. COLABORADOR EDITORIAL DE EL MAÑANERO DEL 2004 AL 2010 COLABORADOR EDITORIAL DEL PERIODICO EL FINANCIERO DE 2006 AL 2014