Catarsis electoral

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La palabra catarsis proviene del griego κθαρσις (kátharsis), que significa purga o purificación. Se utiliza en diversos sentidos aunque todos ellos guardan cierta analogía.

Aristóteles, el filósofo griego de la antigüedad, describía el concepto como una experiencia purificadora de las emociones humanas a través de una experiencia estética como el teatro.

Aristóteles reconocía en las tragedias clásicas la facultad para lograr que el espectador liberara sus más bajas pasiones. El teatro por ejemplo, ofrece al público una multitud de emociones, como el horror, la ira, la compasión, la angustia o la empatía, que le permiten identificarse con el contenido de los argumentos, con las historias y con los personajes que interpretan los actores.

Para las distintas corrientes psicológicas comenzando por la escuela del psicoanálisis de Sigmund Freud, la catarsis es un método mediante el cual, -durante el proceso de la terapia-, el paciente es conducido a fin de que logre desbloquear recuerdos o vivencias reprimidas en su inconsciente, generalmente asociadas a eventos traumáticos del pasado, con la finalidad de poder tomar conciencia de ellos y superarlos emocionalmente.

Se dice con frecuencia que las formas más comunes de catarsis son el llanto y la risa, pero también la ira y cualquier forma de expresión violenta ya sea física o psicológica, estas últimas, potencialmente dañinas para quien las vive y para quienes le rodean.

En los tiempos modernos, los medios para liberarnos de la frustración y de la impotencia se han ido modificando y adquiriendo nuevas modalidades. A ello contribuyen las herramientas tecnológicas con las que hoy se cuentan y de entre ellas muy principalmente las denominadas redes sociales. Comunicaciones que viajan prácticamente a la velocidad de la luz y que pueden ser leídas, escuchadas o vistas de manera inmediata al otro extremo del planeta de una forma en que, hace apenas un par de décadas no nos hubiéramos podido imaginar.

Desde que Gutenberg inventara la imprenta a mediados del siglo XIV y las obras literarias y religiosas -comenzando por La Biblia-, pudieron ser accesibles al gran público sobre todo a partir de la Reforma de Lutero, la información ha viajado cada vez a mayor velocidad, pero nunca como ahora.

La invención del telégrafo, del radio, la telefonía, la televisión y posteriormente de los satélites de comunicación nos fueron asombrando conforme surgieron a lo largo de los siglos XIX y XX, pero el internet y las aplicaciones que de su uso han derivado han revolucionado las comunicaciones de nueva cuenta y no necesariamente en todos los casos para bien.

Los llamados teléfonos inteligentes, auténticas computadoras en miniatura y su cada vez mayor y más rápida capacidad de transmisión de datos son objetos de uso común para la mayor parte de la población del mundo y las actuales generaciones no podrían imaginarse un mundo sin ellos.

Sin embargo, como cualquier invención humana, se pueden utilizar para muchas buenas causas pero también para sembrar odio, rencor y violencia.

La muestra más clara de ello la estamos viviendo actualmente durante esta etapa de campañas políticas previa al proceso electoral que tendrá lugar en México el próximo primero de julio.

Herramientas de comunicación como Facebook, WhatsApp y especialmente Twitter -ese gran patio al que cualquiera puede acceder lo mismo para citar un poema clásico, compartir un video musical, o para vociferar insultos y descalificaciones-, son usadas como medios para experimentar la catarsis.

Los seguidores de los diferentes candidatos y partidos políticos utilizan las redes sociales como una forma de ejercer su libertad de expresión, pero también como un medio para echar fuera toda la basura de frustración que los reprime.

El fenómeno es hasta cierto grado comprensible. La gente puede ahora manifestarse con un grado de independencia que jamás soñó y en un país como el nuestro, en el que la inseguridad y la impunidad han alcanzado cotas cada vez mayores, la única forma de hacer oír su voz ante tales injusticias es mediante el uso de estos medios que además son gratuitos. Hasta ahí la parte positiva.

Sin embargo, también hay un lado oscuro. El de la utilización de estos entramados de comunicación electrónica para sembrar odio, transmitir noticias falsas, manipular información, incitar a la violencia, insultar y descalificar a ultranza. La intolerancia de todos los signos se manifiesta abrumadoramente y entonces el efecto catártico que podría ser positivo, se desnaturaliza y se transforma simple y llanamente en un arma dañina y en un medio para sembrar el odio y la desunión.

A los mexicanos nos esperan tiempos inciertos y de grandes retos por venir y por vencer. Con independencia de cual sea nuestra preferencia político electoral, propongámonos y animemos a otros a vivir la tolerancia y el respeto. No caigamos en la provocación ni divulguemos falacias o insultos. Necesitamos con urgencia recuperar estos valores. Solo así podremos salir juntos como sociedad de los enormes desafíos que deberemos afrontar más allá de quién sea quien encabece el próximo Gobierno.

Aquí nos vemos, yo voy derecho…

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JOSE EUGENIO CASTAÑEDA ESCOBEDO LICENCIADO EN DERECHO POR LA UNIVERSIDAD PANAMERICANA DE LA CDMX PROFESOR DE DERECHO CIVIL Y MERCANTIL DESDE HACE 25 AÑOS. NOTARIO PUBLICO 211 DEL DISTRITO FEDERAL DESDE 1994. COLABORADOR EDITORIAL DE EL MAÑANERO DEL 2004 AL 2010 COLABORADOR EDITORIAL DEL PERIODICO EL FINANCIERO DE 2006 AL 2014