Cataluña y el TLC

Ante la amenaza de su probable desintegración, los negociadores mexicanos han actuado con dignidad pero también han puesto en evidencia la debilidad que deriva de la desproporción de nuestras economías.

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Más allá de las consecuencias del terremoto que tanto han afligido a nuestra sociedad en las últimas semanas, otros sucesos alrededor del mundo y en nuestro propio entorno han dado de qué hablar y de qué ocuparnos.

Sin pretender minimizar los graves efectos de los movimientos telúricos que han afligido a México y que seguirán cobrando víctimas no sólo físicas y económicas sino también sociales y políticas, el planeta sigue girando y tanto dentro como fuera de nuestras fronteras hay temas de los cuales no podemos ni debemos sustraernos.

El tema de la emancipación catalana y de la ambición de muchos de los miembros de esa comunidad de independizarse totalmente de España no es en realidad algo nuevo.

Si nos remitimos a la historia, Cataluña y los catalanes han reivindicado su derecho a considerarse aparte del resto de los españoles desde el siglo XVII y aún antes. Por generaciones, muchos de ellos se han sentido como habitantes de un territorio ocupado y en el último siglo, víctimas del centralismo madrileño, ya fuera durante la dictadura de Primo de Rivera, el régimen franquista o en décadas recientes, por la monarquía parlamentaria de los Borbones.

En la actualidad, Cataluña con sus ocho millones de habitantes y un territorio equivalente al que ocupa Bélgica, contribuye con el 20% del PIB español; es decir, una sexta parte de los habitantes de España, producen la riqueza equivalente a una quinta de su economía. Eso, consideran la mayoría de los catalanes es desproporcionado e injusto.

De otra parte, muchos de ellos sienten que su lengua, su cultura y sus tradiciones son totalmente distintos de los del resto de España y piensan que son más cercanos a los de Francia, Suiza e Italia.

Además de ello, se han sentido maltratados administrativa y fiscalmente por el gobierno de Madrid y reivindican, por tanto, su derecho a constituirse como un Estado distinto e independiente de España.

Todos los anteriores argumentos podrían considerarse válidos y entendibles a la luz de los argumentos antes relacionados y desde la óptica de un acendrado sentimiento cultural y regional. El tema sin embargo suena fuera de tiempo atendiendo a los sucesos que han definido la historia reciente del mundo y en especial de Europa Occidental.

El fin del Siglo XIX y todo el correr del Siglo XX supuso mayormente la consolidación de países soberanos hasta entonces formados por mini estados débiles y vulnerables. Así ocurrió principalmente en Alemania y en Italia y si bien como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial se dio una redistribución territorial en buena parte del viejo continente, España y Francia, entre otros, fueron ejemplo de naciones consolidadas y unidas a pesar de los movimientos secesionistas que se dieron principalmente en el País Vasco con el movimiento terrorista ETA desde 1958 y hasta el 2011. No obstante ello, el sentimiento independentista ha seguido presente muy especialmente en Cataluña casi desde siempre.

Por el contrario, el surgimiento de la Comunidad Europea, de la cual España es parte desde su creación en 1993, ha propiciado la eliminación de fronteras y un mecanismo de subsidiaridad y apoyo económico de la cual todos los españoles en su conjunto, incluyendo a los catalanes, se han visto beneficiados. El espíritu de este mecanismo multinacional sui generis, es el de procurar la unidad de sus miembros y por ende la fortaleza de los mismos frente a los retos del exterior. Es entendible entonces que cualquier movimiento que tienda al secesionismo, es visto y sentido como un factor debilitante del cuerpo europeo en su conjunto.

Más allá del respeto que debe tenerse hacia el derecho universal por la libre determinación de los pueblos, en cuanto a la forma de organización de su gobierno y de la facultad inalienable no sólo de los catalanes, sino de los todos los españoles, por decidir cómo han de organizarse social y políticamente, no debiera dejarse de lado el punto de vista de quienes los han apoyado y tanto les han aportado en las últimas décadas para promover su desarrollo y estabilidad, tanto social como económica. Estos son, el resto de los estados europeos, principalmente Alemania, que han buscado estar con ellos en las buenas y en las malas. Bien harían los catalanes en pensar más de dos veces su decisión de buscar ser un estado independiente de España y dejarse llevar más por un orgullo nacionalista que por la realpolitik que tanto le ha servido en épocas recientes para llegar hasta donde están.

¿Dónde resulta posible vincular entonces el problema catalán, con la renegociación del TLC que ahora estamos viviendo entre México, Canadá y los Estados Unidos?

Sin duda en el resurgimiento de un nacionalismo populista exacerbado del otro lado de nuestra frontera norte.

El TLC ha supuesto durante casi 25 años el desarrollo de uno de los bloques económicos más fuertes del mundo y ha generado millones de empleos en los tres países. No obstante ello, la llegada de Donald Trump al poder ha significado la neogerminación de un ánimo de encono y enfrentamiento que, entre otros frentes, ha generado análisis superficiales sobre las consecuencias económicas del tratado, exagerando sus eventuales desventajas frente a su evidente provecho para todas las partes.

Ante la amenaza de su probable desintegración, los negociadores mexicanos han actuado con dignidad pero también han puesto en evidencia la debilidad que deriva de la desproporción de nuestras economías. El resultado aún está por definirse, pero no sería extraño que de la noche a la mañana tuviésemos que vernos a nuestras expensas en una guerra comercial contra la mayor potencia económica del mundo. Ante ese posible escenario y al igual que como sociedad lo hemos venido haciendo tras los terremotos de septiembre, lo que queda es actuar de forma solidaria y responsable. Consumir productos mexicanos, hablar bien de México y lo mexicano, mantener el orgullo por lo nuestro y desde luego actuar con honestidad y patriotismo.

Olvidémonos en este aspecto de nuestras muy justificables querellas contra los partidos políticos, sus integrantes y contra el gobierno. Es tiempo de unidad nacional y de trabajo.

Las guerras floridas entre Teotihuacán y Tlaxcala quedaron atrás hace cinco siglos. Hoy todos somos uno y así lo hemos demostrado.

¡Hoy somos México!

Aquí nos vemos, yo voy derecho…

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