El caso del juez Kavanaugh y la doble moral

Drew Angerer/Getty Images/AFP
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Durante las últimas dos semanas los periódicos y medios de información de todo tipo, tanto de los Estados Unidos como de prácticamente el mundo entero, dieron cuenta del proceso que se estaba siguiendo en el Senado norteamericano tras la nominación del juez Brett Kavanaugh por parte del presidente Donald Trump, para ser ratificado como integrante de la Corte Suprema de Justicia de nuestro vecino del norte.

Casi en todos los casos, los procesos de selección de los jueces  que integran el máximo tribunal estadounidense, formado por un presidente y ocho jueces asociados, son motivo de grillas y componendas al más alto nivel político, pues definen el perfil ya sea conservador o liberal de la mayoría de sus integrantes y por ende del tribunal en sí.

Kavanaugh, un abogado de origen católico, afín al partido republicano y quien ha sido juez de circuito desde el año 2006, es visto como un conservador y como parte de los grupos políticos contrarios al aborto y al matrimonio homosexual. Sin embargo, pertenece también a esa élite social estadounidense que en su momento se opuso al reconocimiento de los derechos de igualdad racial y que hoy se niega a reconocer los derechos de los inmigrantes y en especial de los menores de edad separados de sus padres. Es parte de ese colectivo contradictorio de clase alta que define en buena medida a la sociedad norteamericana de origen europeo y que hoy por hoy sigue siendo la mayoría de la población, aunque no lo será por muchos años más.

Los Estados Unidos son de una parte un país en el que se proclaman las libertades más absolutas para sus ciudadanos.

La libre venta y tenencia de armas de fuego de todo tipo es parte de su esencia así como la libertad de asociación, se goza de las libertades sexuales más absolutas, gracias a las cuales el país es líder en producción y venta de toda clase material pornográfico y es desde luego el mayor mercado consumidor de drogas del mundo.

No obstante ello, sigue presente en el subconsciente de millones de estadounidenses buena parte del pensamiento puritano que se asentó en Nueva Inglaterra en el siglo XVII, que dio origen a lo que posteriormente serían las trece colonias y posteriormente al surgimiento de los Estados Unidos como nación.

En este pensamiento se dan en gran medida los escándalos principalmente de origen sexual que han hecho tambalear a muchos políticos de alto nivel a lo largo de la historia de ese país. El caso del presidente Clinton y su relación con una becaria de la Casa Blanca que casi lo hizo perder el cargo, es quizás el más emblemático.

En el caso de la nominación de Kavanaugh, quien por lo demás parece llevar una trayectoria bastante sólida como abogado postulante, burócrata de alto nivel y después como miembro del poder judicial, nos encontramos de nueva cuenta frente a este fenómeno de doble moral.

En los meses recientes, como también sabemos, ha surgido en el mundo un movimiento liderado mayormente por activistas del feminismo a ultranza denominado #MeToo (yo también), que busca reivindicar los derechos de las víctimas de agresión y acoso sexual a raíz de las acusaciones surgidas el año pasado contra el productor de cine hollywoodense Harvey Weinstein y evidenciar el peligro del comportamiento misógino y machista extendido en varias sociedades.

Si bien los postulados del movimiento son en principio dignos de aplauso, pues es cierto que las mujeres han sido abusadas en muchas circunstancias y a lo largo de los siglos en gran parte del mundo y tal actitud es reprobable y debe ser erradicada, también es verdad que en más de un caso el movimiento #MeToo ha sido usado como un arma de venganza y defenestración injustas.

En un país como los Estados Unidos donde el sistema de procuración de justicia funciona razonablemente bien, se antoja difícil darle credibilidad a una acusación callada por más de treinta años, y más aún cuando la presunta víctima  de intento de violación (Christine Blasey Ford) no pertenece a una minoría racial en desventaja, sino que es hoy una reconocida profesora universitaria, quien en su momento podría haber acudido a la autoridad a presentar la acusación en tiempo y forma y no hacerlo 36 años después para ganar sus cinco minutos de fama y al mismo tiempo intentar conseguir un objetivo político prioritario sin duda, para alguien más allá de su propia persona.

Se antoja pues razonable pensar, que la pretendida acusación contra Kavanaugh es mas bien un intento político por denostarlo, para evitar su llegada a la Suprema Corte y un ejemplo adicional de esa doble moral que tanto caracteriza a la sociedad norteamericana. Finalmente la estrategia no funcionó y Kavanaugh ha sido elegido y protestado como juez del máximo tribunal.

La protección de los derechos de cualquier víctima de abuso o acoso sexual debe ser una prioridad en el mundo de hoy, de ello no puede haber duda, pero utilizarla como pretexto para difamar injustificadamente a cualquier persona es también un abuso peligroso y no debe permitirse.

Por otro lado y solo para la reflexión, si la acusación contra Kavanaugh hubiese sido debidamente probada, ¿los seres humanos debemos ser rehenes perpetuos de aquellas faltas que pudiéramos haber cometido en nuestra adolescencia, si el resto de nuestra vida hemos procurado actuar rectamente?

Aquí nos vemos, yo voy derecho…

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