Un cambio de régimen implica desatar a los demonios

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A pesar de que para el presidente electo, López Obrador, la dimensión de la corrupción va más allá de lo que esperaba encontrar y está presente en prácticamente toda la función pública, está dispuesto a perdonar, a ponerle punto final, dejando atrás todo lo ocurrido antes del 01 de diciembre.

Espera que con el perdón se le ponga “punto final, que se acabe la historia trágica, horrenda, de impunidad, que se acabe la política antipopular, entreguista y comencemos una etapa nueva, que ya inicie una nueva historia”.

Aunque la decisión, a todas luces, suena desproporcionada, aclaró que todos los procesos judiciales que están en curso no se pueden detener, pues dijo que tanto el poder judicial como el legislativo son independientes y por ningún motivo solicitará a los otros poderes que detengan investigaciones.

Bajo argumentos sorprendentes como que es tanta la corrupción en México que no alcanzarían las cárceles ni los juzgados y bajo la promesa de que una vez comenzado el próximo sexenio no habrá perdón para ningún corrupto, e incluso se podrá juzgar al presidente si es corrupto, a sus funcionarios, y a sus familiares, así como la modificación de las leyes para que la corrupción sea considerada un delito grave, podemos ver con claridad como emerge el “borrón y cuenta nueva”, que a decir verdad, tanto se temía.

Desde su perspectiva, si se abren expedientes contra los corruptos se tendría que comenzar por “los de arriba” pero no sería conveniente porque significaría “conspirar contra la estabilidad política del país”; sin embargo, mi memoria me permitió recordar cómo se barre, de arriba hacia abajo, según comentó muchas veces el entonces candidato.

Ayer por la mañana, en entrevista con Carmen Aristegui, soltó al aire lo que considero el núcleo mismo de su extrema precaución, su tibieza, dirán unos, o el mayor de sus temores, afirmarán otros:

“Desatamos a los demonios, nos empantanamos, se suelta la confrontación entre los mexicanos, porque tendríamos que enjuiciar a Salinas, Zedillo, Fox, Calderón y Peña Nieto, y habría demasiado escándalo, y no podría hacer lo que quiero hacer para acabar con la corrupción. Le haríamos más daño al país que beneficios si desatamos una cacería de corruptos”. 

Señor presidente electo, usted ganó las elecciones del 01 de julio pasado con un voto masivo de 30 millones de ciudadanos que mayoritariamente estaban hartos del régimen que por décadas había gobernado; sin embargo, el concepto más mencionado además de la seguridad, es la corrupción, esos 30 millones de votos al igual que usted, no quieren venganza, quieren justicia; la diferencia es que para ellos, esa justicia inicia no dejando impunes a los que han saqueado al país.

No se trata de una cacería de brujas, tampoco de espectacularidad o sensacionalismo, mucho menos de buscar chivos expiatorios, se trata de aplicar la ley a quienes la transgredieron, nada más.

Usted ha mencionado repetidamente, que quiere un cambio de régimen, la ciudadanía le creyó y por eso votaron por usted masivamente. ¿En verdad creía que, si realmente cambiaba de régimen, eso no desataría a los demonios?

Muy probablemente fueron pocos los votos que usted recibió por miedo a que soltara al tigre, la gran mayoría lo hizo por que le creyó, tuvieron fe y confianza en que había un México mejor por venir.

Finalmente, nos podría disipar una duda sin desperdicio:

¿Cuál es la diferencia entre soltar al tigre y desatar los demonios?

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