Burton, el cine de las emociones

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En 1989 Johnny Depp trabajaba en Vancouver en una serie de televisión. Se enteró que Tim Burton buscaba actores para su próxima película y ni siquiera se le cruzó por la cabeza proponerse.

Era un chico de la tele, galán, ídolo de adolescentes, dispuesto a imprimir su rostro en una caja de cereales según los contratos comunes. Pese a no imaginarse para encarnar a Eduardo Manos de Tijera leyó con curiosidad el guión que le dio su representante y Johnny Depp enloqueció. El personaje lo hizo recordar al inadaptado que había sido en muchas ocasiones.

Presionado finalmente por su representante aceptó reunirse con Tim Burton quien encontró en él –después de cuatro cafeteras– a Eduardo Manos de Tijera. Desde entonces Depp confía plenamente en Burton a quien considera, no director sino un genio. Y lo es.

En sus cintas, Tim Burton no sigue ningún guión al pie de la letra, porque todo cambia, como dice, en el proceso de su visualización. Del guión saca lo que necesita pues las películas son algo orgánico, vivo.

Por eso le gustan  las películas de Fellini: porque fue un director que creó sobre todo imágenes. Imágenes que no sabía lo que significaban, pero que hacían sentir algo. Burton no confía demasiado en su intelecto -y vaya que lo tiene-, porque se siente más firme sobre el terreno de las imágenes, de las emociones.

Si uno revisa rápidamente las cintas de Burton, la máscara es casi una constante: del rostro exagerado de Beetlejuice y la cara transfigurada por la muerte en “El cadáver de la novia” a Batman y El Guasón con su nuevo y definitivo rostro hecho con ácido.

La máscara para el cineasta significa ocultarse, pero también un umbral: el hecho de ocultarnos,  dice en el libro “Tim Burton por Tim Burton” publicado por Alba, nos ayuda de una forma extraña a abrirnos más porque nos sentimos más libres. Lo que nos oculta nos libera. Somos más salvajes porque nos sentimos protegidos por las máscaras.

Batman es, en esencia, la película de la mascara donde todos –buenos y malos– son más libres ocultándose aunque todos sean unos miserables.

El mundo de las películas de Burton es la tierra de las contracciones: en Batman no sabemos quién  hizo a quién, si el bien al mal o a la inversa y en “El cadáver de la novia” los muertos parecen más vivos que muchos de nosotros.

Comparto algo más sobre el libro citado: “Eduardo Manos de Tijera” surgió de un dibujo del adolescente Tim Burton. Lo representaba a él que, necesitado de contacto, sentía que no podía darlo.

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