Batirse en retirada

Alfonso Durazo, secretario de Seguridad y Protección Ciudadana al lado de Quirino Ordaz, gobernador de Sinaloa
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Se trata de una frase coloquial de la jerga castrense. Se usa con frecuencia con otra que dice “entregar la plaza”. Han sido aplicables prácticamente a todos los ejércitos del mundo a lo largo de la historia.

Desde la Guerras Púnicas doscientos años antes de Cristo, cuando Roma tuvo aceptar varias derrotas ante las fuerzas cartaginesas comandadas por Aníbal, pasando por el ejército francés en Puebla durante la Guerra de Intervención, los nazis en Rusia, los norteamericanos en Vietnam y los rusos en Afganistán.

Cuando las fuerzas enemigas son superiores en número o en capacidad de fuego, o cuando las condiciones de la lucha son evidentemente adversas es válido entregar la plaza, batirse en retirada, pedir una tregua e incluso rendirse. El heroísmo no es un don del que todos puedan enorgullecerse, a veces no queda de otra y el concepto del mal menor cobra sentido.

Sin embargo, lo que no se entiende ni se justifica es la improvisación, la falta de uso de la inteligencia y llevar a cabo operaciones militares si no se prevén todas las posibles contingencias, si se desconocen el terreno, la capacidad organizacional y la fuerza del enemigo. En pocas palabras lo que no se puede es hacer las cosas al “ahí se va”.

El operativo de la Guardia Nacional llevado a cabo la semana pasada en Culiacán, capital del estado de Sinaloa, que pretendía la captura de Ovidio Guzmán, hijo del legendario “Chapo”, adoleció de todos esos fallos. Llevarlo a cabo en esas condiciones constituía casi un suicidio y ha supuesto el ridículo internacional para el Gobierno y las fuerzas armadas mexicanas.

Es claro que haber continuado con el mismo, hubiese supuesto una masacre de tamaño inimaginable con un número inmenso de víctimas inocentes, principalmente civiles y familias de militares cuyas viviendas en una unidad habitacional cercana a los cuarteles, se vio amenazada por la huestes del capo que se pretendía detener.

La decisión, avalada por el presidente López Obrador, manda sin embargo una pésima señal de debilidad del Estado mexicano. En el futuro, cuando se trate de intentar aprehender al mismo o a cualquier otro líder del crimen organizado en México, los rehenes pueden volver a ser los ciudadanos. Niños, mujeres y hombres de a pie, cuyas vidas volverán a estar en medio del fuego de fuerzas entre los criminales y las fuerzas del orden, como lo atestiguamos la semana pasada.

Nadie desea víctimas inocentes, pero cuando un gobernante protesta guardar y hacer guardar las leyes para garantizar un auténtico Estado de derecho, hay ocasiones en que deben tomarse decisiones difíciles y muchas veces impopulares y dolorosas.

¿Hizo bien el presidente en ordenar liberar a Ovidio? En función del mal menor, parece que fue lo menos malo. Sin embargo, ¿cómo recuperará el Gobierno la respetabilidad que merece la dignidad de las Fuerzas Armadas? En semanas anteriores hemos visto numerosas escenas en las que miembros del Ejército han sido objeto de burla y escarnio, por parte de civiles, se trata de actos injustificables. Nuestras Fuerzas Armadas no se lo merecen ni deberían permitirlo, pero ante todo son disciplinadas y saben cumplir órdenes.

Urge replantear las estrategias de recuperación de la seguridad en prácticamente todo el país y ponerle un alto a la delincuencia organizada. De no hacerlo no nos quedará más que acostumbrarnos a que el Ejército se bata en retirada y entregue la plaza, hasta que a los altos mandos militares se les acabe la paciencia.

Ojalá que no ocurra así.

Aquí nos vemos, yo voy derecho…

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