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1.- Es difícil revertir el resultado oficial de la elección de Gobernador en el Estado de México, pero es justo y necesario impugnarla legalmente con seriedad y demostrar que se trató de una elección que no da autoridad. Más allá del activismo del “gabinete mapache”, hay que concentrarse en los puntos que  explican el resultado preliminar y que jurídicamente se pueden ganar. Tales son, por ejemplo, demostrar el exceso de gasto y el origen ilegal de ese gasto; la compra de voto o la coacción sobre votantes, a cambio de la continuidad o acceso a programas de apoyo social; denunciar con la evidencia existente las campañas de miedo y desmovilización; y, algo que creíamos ya superado, la abrumadora diferencia entre el voto rural y el voto urbano que apesta a acarreo o manipulación.

2.- Se confirmó el creciente desprestigio de las autoridades electorales. Desde que se discutió y aprobó la pasada reforma electoral dijimos que se trataba de un bodrio. Hoy esta afirmación es una hipótesis comprobada, no queda claro quién es el responsable de que, autoridades electorales federales y locales, se asemejan a las policías y se tiran la bolita unas a otras, la fiscalización es simulación y lejos de generar certidumbre, son causa de incertidumbre. Que los candidatos a gobernador en Coahuila se unifiquen en contra de la autoridad y del partido en el gobierno, es regresar a 1988; que las casillas rurales del Estado de México generen sospechas, es retroceder hasta el fraude en las elecciones de gobernador en Chihuahua en 1986; y que se hable de la necesidad de “limpiar” las elecciones del Estado de México y Coahuila, suena a que el sistema electoral ha involucionado.

3.- En términos de votos por partido, sin lugar a dudas lo más relevante de la jornada es la fuerza electoral que ha venido adquiriendo Morena. Sin aliados, obtuvo en los comicios de las cuatro entidades dos millones quinientos mil votos, solo ciento cincuenta mil abajo del PRI y sus aliados; pero 600,000 más que los obtenidos por el PAN y un millón doscientos mil más que el PRD.

4.- Por lo sucedido en Coahuila y el Estado de México, ya no se puede dar por muerto de antemano al PRI en la elección presidencial. Es cierto que está seriamente disminuido y con un desprestigio irreversible, pero mostró que si consigue fragmentar y colocarse como una de las dos fuerzas que finalmente disputarán la Presidencia, definitivamente está dispuesto a todo y el cínico “haiga sido como haiga sido” de Felipe Calderón se puede quedar chiquito, frente a lo que el PRI está dispuesto a hacer.

5.- El PAN mostró que su éxito en las elecciones de 2016 tuvo mucho de circunstancial. Como es sabido, Antonio Echavarría hace tiempo que ya tenía fuerza propia en Nayarit, en Coahuila no tuvieron la contundencia que pregonaron y en el Estado de México, más allá de que su candidata confirmó que eso de las elecciones no es lo suyo, quedó claro que para segmentos importantes del electorado el PAN ya no es creíble como oposición real al PRI. En una parte importante, los votos a favor de Delfina Gómez provienen de zonas que algún día fueron azules.

6.- Sin pudor alguno, el PRD ha renunciado a competir y está en la disputa interna por fichas para bailar. Como es lógico, Morena es la segunda preferencia para la mayoría de los electores que todavía tiene el Sol Azteca, pero eso para los dirigentes que cuentan en el PRD no parece importarles. Por sus dichos lo que les preocupa es en dónde tendrán mejor acomodo y mayor influencia palaciega. Como están hoy las cosas, creo que una alianza Morena – PRD sería invencible, pero la veo francamente difícil, casi imposible. Por un lado, los principales accionistas que controlan a la franquicia PRD, los famosos chuchos, más bien andan con Peña, Ochoa, Ricardo Anaya, Claudio X González y demás, luchando contra el fantasma del “populismo” y, por el otro todo indica que Mancera, – véanse -, sus declaraciones de ayer en contra del “protagonismo” y a favor del “programa”, a lo que él aspira es ser el Juan Zepeda del 2018. Con todo respeto, en cualquier sistema presidencial eso de que “primero el programa y luego el hombre” son pamplinas: la competencia por la presidencia es entre personas que realmente puedan competir y sean creíbles.

Ignacio Marván Laborde

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@Marxvan51

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