A un año del cambio

López Obrador ha dicho reiteradamente que bastará con su llegada al poder para que México se transforme en el paraíso de la virtud y de la decencia, pues si los de arriba no roban, los de abajo tampoco lo harán.

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“Cada nación tiene el gobierno que merece”. Joseph de Maistre.

El primer domingo de julio del 2018, deberá tener lugar en nuestro país la elección más grande de nuestra historia democrática. Estarán en juego, sujetos al resultado del voto mayoritario del electorado, más de tres mil quinientos cargos públicos comenzando por el del Presidente de la República.

También serán elegidas nueve gubernaturas, ciento veintiocho senadores más quinientos diputados federales. En muchos estados habrá también elecciones locales para más de dos mil presidencias municipales y casi mil diputaciones locales.

El número de electores potenciales será también mucho mayor que en el 2012, pues la población de jóvenes en edad de votar se habrá visto incrementada. Los llamados millenials, es decir, la generación de aquellos que llegaron a la edad adulta después del año 2000, será la que con su voto defina el futuro del país, muchos de ellos votando por primera vez.

A la fecha, hay algo así como treinta personajes de los perfiles más disímbolos que aspiran a ser candidatos a la Presidencia, más los que se puedan sumar en los próximos meses, menos los que puedan renunciar a su pretensión en favor de alguien más, que sí tenga posibilidades reales de competir dignamente. El escenario pues es incierto y se presta, como siempre a todo tipo de especulaciones.

Desde los posibles precandidatos no reconocidos oficialmente por el aparato oficial priista quienes -fieles a la disciplina partidista- son incapaces de confesar sus aspiraciones, (pues se encuentran concentrados en servir al país y al señor Presidente), pasando por los panistas que se hayan más divididos que nunca y los de la izquierda tradicional e históricamente enfrentada entre tribus, corrientes y partidos tanto nuevos como viejos, hasta los probables candidatos independientes, quienes para ser tales, deben reunir más requisitos que para ser Papa, el universo de posibilidades es también más amplio y divergente que nunca antes en la historia.

Desde una óptica objetiva, pareciera que el PRI no tendría grandes posibilidades de repetir, pero ante la fuerza del aparato estatal nada puede darse por descartado, como acabamos de constatar en el Estado de México y Coahuila en la recientes elecciones locales.

El único partido que tiene y ha tenido un candidato claro y sin rival desde su fundación es Morena, cuya única opción es Andrés Manuel López Obrador, sin el cual además, no tendría posibilidad alguna de obtener el triunfo.

Todos los demás pasan por la indefinición y por las pugnas internas. La posibilidad de un frente amplio opositor tal y como fue planteado en días pasados por los líderes del PAN y del PRD se antoja muy improbable por los múltiples intereses y protagonismos en juego y porque sería tanto como intentar reunir “el agua y el aceite”, tal y como lo han reconocido los propios impulsores de esa posibilidad.

A pesar de ello, no ha faltado quien sueñe con un eventual gobierno de coalición que garantice mayorías mínimas a nivel legislativo que permitan a quien gane la Presidencia, un margen indispensable de gobernabilidad, pues si algo es claro desde doce meses antes, es que ninguno de los partidos podría alcanzar una mayoría real a nivel del Congreso, si no se quiere caer en un grado tal de inmovilidad que dañe la economía y la frágil imagen que de México se tiene en muchos países del extranjero, especialmente entre nuestros vecinos del norte, con quienes deberemos concretar álgidas negociaciones comerciales antes de que el calendario electoral nos alcance.

Pero lo más preocupante de todo; más allá de que hoy podemos contar a los aspirantes presidenciales en mayor número de los que normalmente se presentan en países como la República Dominicana o Argentina, es la ausencia de propuestas realistas, objetivas y viables para hacer frente a los grandes problemas nacionales.

Prácticamente todos los probables candidatos padecen del mismo simplismo en sus declaraciones y acusan la misma ausencia de plataformas concretas. Pese a que ninguno hay que no reconozca a la inseguridad como un flagelo que sacude diversos rincones del país y que en los últimos meses se ha recrudecido de manera singular; de forma unánime reconocen también, que la corrupción debe ser erradicada de nuestra idiosincrasia. Nadie sin embargo ofrece planteamientos creíbles que puedan brindar confianza para su eventual solución.

López Obrador ha dicho reiteradamente que bastará con su llegada al poder para que México se transforme en el paraíso de la virtud y de la decencia, pues si los de arriba no roban, los de abajo tampoco lo harán.

Su propuesta mesiánica de transformación social dista sin embargo de la realidad histórica que nos identifica como una sociedad proclive a buscar atajos y las soluciones prácticas que nos proporcionan la mordida, el influyentismo, el amiguismo, el compadrazgo o la tentación de las ganancias fáciles y rápidas derivadas de dichas relaciones y dádivas. Entre tanto, el proyecto del Sistema Nacional Anticorrupción vive en el limbo de la indefinición legislativa.

Sobre la inseguridad, nadie se atreve a proponer una solución práctica ni realista. La criminalidad y la violencia siguen rompiendo niveles históricos y la garantía del libre tránsito es una quimera en muchos caminos y zonas del país como Veracruz, Guerrero, Tamaulipas y en muchos otros estados donde hasta hace poco la violencia era la excepción.

Los temas ahí están pero nadie los aborda con certeza, pragmatismo ni con propuestas concretas.

Ningún partido ha definido una posición clara en torno a la posibilidad de dejar de penalizar el comercio, traslado y consumo de la mariguana como ha ocurrido en Uruguay, Holanda y en estados de la Unión Americana como Colorado, Nevada o Washington, a pesar de que está más que acreditado que la política del prohibicionismo no ha dejado nunca resultados positivos y que el secreto está en las políticas de prevención y no en la criminalización.

Otros muchos temas siguen y seguirán en el tintero y los electores seguiremos siendo testigos de cómo los partidos y sus eventuales candidatos privilegian el acceso al poder y a los recursos públicos mientras dejan de lado los verdaderos problemas ciudadanos y sus posibles soluciones.

Falta solo un año, pero mucho por ver y esperar, para poder decidir informada, objetiva y responsablemente por quiénes deberemos votar.

Aquí nos vemos, yo voy derecho…

@eugeniocasta

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JOSE EUGENIO CASTAÑEDA ESCOBEDO LICENCIADO EN DERECHO POR LA UNIVERSIDAD PANAMERICANA DE LA CDMX PROFESOR DE DERECHO CIVIL Y MERCANTIL DESDE HACE 25 AÑOS. NOTARIO PUBLICO 211 DEL DISTRITO FEDERAL DESDE 1994. COLABORADOR EDITORIAL DE EL MAÑANERO DEL 2004 AL 2010 COLABORADOR EDITORIAL DEL PERIODICO EL FINANCIERO DE 2006 AL 2014