Alfabeto del racismo

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Si el racismo es la razón de la sin razón ¿por qué ha sobrevivido entre nosotros?

Estaba en lo cierto Martín Luther King: el odio paraliza, el odio complica la vida, el odio oscurece la vida.

Política y vida coinciden en esa terrible inercia que se ha convertido en el peor peligro para la democracia en Estados Unidos como lo muestran los hechos de Charlottesville y las declaraciones de un Presidente incubado en los prejuicios racistas del Ku Kux Klan.

Quien tolera a los intolerantes cava su tumba.

¿Alguien les habrá dicho a los neofascistas americanos que su miseria económica es obra de empresarios como Donald Trump con sus salarios de miedo? ¿Que negros y latinos más que robar sus trabajos son los únicos dispuestos a laborar por los salarios que ningún blanco aceptaría? La fortuna de Trump así se ha hecho.

No olvidemos que el sueño americano ha incluido en su historia a los supremacistas blancos. El sueño americano de los migrantes no es sólo la democracia y el esfuerzo recompensado. Es , aunque lo ignoren, la riqueza de unos cuantos a costa del trabajo de muchos.

Culpar a los ilegales “brownies” de las zonas de pobreza de aquel país es la mejor inversión que muchos empresarios han hecho sin pagar un centavo.

Ademas, quienes no son migrantes ilegales sino turistas y viajan a San Antonio, Nueva York, California o Miami no van a disfrutar la atmósfera de un país democrático sino al shopping, a la sensualidad de un mundo al alcance de todos: a esa democracia que hace que un Presidente y un obrero puedan tomar la misma Coca-Cola… pero nada más.

A las grandes marcas únicamente acceden los ricos.

Más que sólo sorprendernos por lo ocurrido en Charlottesville  debemos sorprendernos también por lo que ocurre en nuestro país en materia de racismo.

No minimizo lo ocurrido hace unos días en Virginia, pero aquí el racismo es pan cotidiano.

Ha empezado a circular un libro que documenta con muchos datos e ironía y en forma de diccionario la peste racista en nuestro país. Su título: “Alfabeto del racismo Mexicano”, de Federico Navarrete.

El autor apunta en su introducción que el texto está armado analizando prácticas comunes de la vida cotidiana, dichos, ambientes sociales e institucionales y en general prejuicios con los que muchas veces nos hacemos de la vista gorda y que transitan libremente entre nosotros.

Dice Navarrete, con razón, que ya es hora “de que sintamos indignación y vergüenza por estas prácticas inaceptables”. 

Está en lo cierto: “el combate al racismo y otras formas de discriminación se vuelve más arduo cuando ambos son practicables  y defendidos desde la cumbre del poder”. Y eso por desgracia ocurre con más frecuencia de lo que imaginamos.

Sobran ejemplos: del funcionario sandio de la UNAM que descalifica por “naco” a un cantante, a la hija del Presidente que se queja de “la prole”. Esos desplantes chuscos, satíricos, en realidad no lo son. Son el nido de la intolerancia, la carta de creencia de que existen en nuestro país “unos más iguales que otros”.

Hace unos días conocimos el tweet más reenviado y aceptado de la historia. Lo escribió el ex Presidente Obama a partir de lo ocurrido en Charlottesville: “Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel o su origen o su religión…” nadie lo hace, es cierto, es un largo aprendizaje que inicia en la infancia. Por eso al tolerar a los intolerantes permitimos que ocurra.

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