En 19 de septiembre, otra vez

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Se cumplían 32 años de la mayor desgracia que había vivido la Ciudad de México.

A las 7 de la mañana con 19 minutos, las autoridades federales y locales hacían un homenaje a los caídos aquel jueves de 1985.

A las 11 de la mañana, los capitalinos realizaban un simulacro.

Sonaba la alerta sísmica.

Edificios públicos y de empresas privadas, en escuelas y hospitales, también en centros comerciales, en universidades, en edificios de departamentos se evacuaban. La lección estaba bien aprendida. No correr, no gritar, no empujar era la norma.

Pero dos horas después, dos horas y 14 minutos después se sentía un golpe en el piso. Se movía violento. Brincaba.

Las lámparas se movían como péndulo.

Y segundos después de los primeros movimientos de la tierra, sonó nuevamente la alerta sísmica.

No era un nuevo simulacro. No. No había nada que hacer más que realizar lo aprendido.

No correr, no gritar, no empujar.

Era más difícil que unas horas antes. El piso se movía. Y mucho.

Ya no se salía de los edificios con la sonrisa de saber que lo sucedido 120 minutos antes era un simulacro.

Caras descompuestas, llenas de miedo. Crisis nerviosas. Algunos desmayos.

Como 32 años después, pero a las 13:14 horas del martes, la Ciudad de México se quebraba.

Un nuevo sismo de 7.1 grados Richter. Unos días antes, se había sentido un terremoto de más de 8 grados, y le pegaba a Oaxaca y Chiapas.

El de este martes, le daba al centro del país.

Morelos y Puebla fue el centro, el epicentro del movimiento telúrico.

Y esas dos entidades y la CDMX  sufrían pérdidas.

Durante el día, las imágenes de las redes sociales daban cuenta de edificios colapsados en Cuernavaca, también en Puebla.

En la Ciudad de México, edificios en colonias emblemáticas, otra vez, veían sus casas, sus oficinas en el suelo.

Tres lugares acapararon la atención.

La Escuela Enrique Rébsamen se colapsaba. Menores atrapados, la mayoría salieron a tiempo. A altas horas de la noche todavía varios pequeños estaban atrapados.

En la colonia Obrera, en Chimalpopoca y Bolívar una fábrica se derrumbaba. A altas horas de la noche las labores de rescate seguían.

En la Avenida Álvaro Obregón unas oficinas estaban derruidas por el terremoto. Ahí también se buscaba entre piedras, escombros, varillas, hierro torcido una vida.

Poco más de 40 edificios colapsados.

Las autoridades hablaban de 224 personas muertas bajo los escombros por el terremoto del 2017.

Tras el susto, comenzó a surgir el México que en cada desgracia sale a flote.

Cientos, miles de mexicanos, de ellas y ellos, salieron a la calle para remover escombros en busca de signos de vida.

Voluntarios, les dicen. Los que sin más motivación que encontrar bajo las losas a alguien de su familia, a su vecino, a un conocido dieron su tiempo, su fuerza, su vida para ayudar.

México recibía mensajes de apoyo de mandatarios, de artistas, deportistas de renombre.

Pero lo que realmente importaba era la participación activa, la solidaridad, la entrega de cientos de mexicanos que se hicieron cargo de la vialidad, de las primeras acciones de rescate.

El presidente Peña activo un Plan MX, en el que participan los elementos del Ejército, de la Marina, de la Policía Federal. Los cuerpos de Protección Civil.

Pero en las calles, lo que más se veía eran, son civiles.

Civiles como el 19 de septiembre de 1985.

Civiles como cada que un desastre natural nos pega. Huracán, tormenta tropical, sismo.

Y sí, en el 19 de septiembre.

México vivía minutos de terror.

Hoy, estamos viendo nuestras calles tristes. Dañadas, dolientes.

19 de septiembre, otra vez.

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